Cuenta la leyenda que en un rincón oculto de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA hay un altarcito con dos efigies: una de Eva Perón, otra de Maradona. Por supuesto, se trata de adoradores que, lejos de las idioteces de la Iglesia Maradoniana, cultivan el respeto debido a los mitos de una Argentina que se pensaba popular y más democrática. Y, a la vez, la misma leyenda cuenta que en 1994, cuando Maradona fue excluido del Mundial de Estados Unidos, hubo manifestaciones en Bangladesh, solidarias con un símbolo del antiimperialismo.Seamos sinceros: nadie puede soportar, impunemente, tamaña carga simbólica. Y no se trata de imputaciones de clase, de un etnocentrismo barato que afirma “qué querés con ese negrito”; ninguno de nosotros –y nosotros significa intelectuales urbanos de clase media– pasaríamos airosos por la prueba de ser, simultáneamente, uno de los mejores jugadores de fútbol de la historia, el tipo más conocido del universo, un ícono de los colonizados del mundo, el último símbolo plebeyo nacional-popular de un país que desplazó esos relatos a la nostalgia. Todo lo que le ha ocurrido a Maradona es poco frente a tamaño contexto; yo, sinceramente, hace rato que estaría tirado en una zanja. El, en cambio, terco y aferrado a la vida, ya va por la tercera resurrección, si sobrevive a ésta.
A esta altura, Maradona ya no significa nada más que pasado –el recuerdo de tanta felicidad y tanta contradicción. En la contradicción, justamente, está su valor: el presente argentino ofrece una pura linealidad sin dobleces, pero de traiciones, de injusticia, de discriminación, de mediocridad, de hipocresía y obsecuencia. En ese marco, un pasado que habla de momentos de belleza (ese gol, esa vuelta olímpica) y de contradicciones (el menemismo pero también el guevarismo, la farándula pero también Fiorito como condensación de la fidelidad popular) sobresale y sobrevive. El problema es que Maradona, en tanto mito del pasado, sólo existe hoy como mercancía de los medios masivos. Y las mercancías mediáticas, casi por definición, son efímeras. Hoy es apenas una imagen aplanada, sin matices, que sólo espera su muerte real para dar paso a la escena siguiente: un velatorio multitudinario, transmitido en cadena, con las consabidas y previsibles referencias a los de ambos Perón. No hay nada en Maradona –después de tanta y tan brillante imprevisibilidad– que no haya sido capturado por un guión mediático que tiene prevista hasta su muerte, inevitablemente joven. Cruel destino, al que él y también sus adoradores contribuyen cumpliendo fielmente con los pasos previstos.
A pesar de todo lo que Maradona y el maradonismo berreta me han irritado en los últimos años, sigo prefiriendo –cerca de la muerte, porque es el límite que debe obligarnos a suspender un poco la crítica– una apuesta esperanzada. Pero radical: debemos olvidar a Maradona, suspender su presencia, congelarlo en su último momento digno (¿el ‘86? ¿el ‘90? ¿el gol a Grecia del ‘94? ¿la sonrisa al final del partido con Nigeria?) y borrarlo de la escena. Apuesta con la que él podría colaborar desapareciendo en la Cuba hospitalaria y sin CNN, transgrediendo –la única transgresión real a esta altura– el final guionado y muriendo de viejo, rodeado de nietos y habanos, viendo sus partidos en DVD y contando chistes sobre Grondona, Havelange y el Papa.
Pero mi apuesta es imposible: ni los medios ni la irresponsabilidad ética del espectáculo argentino de masas podrían compartirla. Hoy es el turno de la muerte joven de un ícono popular: las resurrecciones venden menos que la muerte en directo. Contra eso, contra las idioteces de los Rial, contra la obsecuencia de los Niembro, contra la mercantilización de los Suar y contra la perseverancia de Maradona para cumplir con ese destino, nada puede hacerse, apenas desearse.